MISIONERO DEL CAMINO NEOCATECUMENAL EN CARACAS: «EL TRATO CON LOS CAPOS FRENABA LAS REPRESALIAS» (2024)

Guillermo pasó una década sacando chicos de las bandas: «Siabandonaban, tenían los días contados»

MISIONERO DEL CAMINO NEOCATECUMENAL EN CARACAS: «EL TRATO CON LOS CAPOS FRENABA LAS REPRESALIAS» (1)
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El sacerdoteGuillermoMaría Albertopertenece alCamino Neocatecumenalyes el párroco de Santa Teresa en Ceuta (España). Antes de llegar a la ciudadautónoma estuvo durante una década en Caracas (Venezuela).Donde llevó el Evangelio a algunasde las barriadas más castigadas por la delincuencia. María Valverde, enEl Faro de Ceuta,cuenta su historia.

"Allí actúan muchas bandas que se dedican a la delincuencia yal narcotráfico. Son los que gobiernan.Los puntos de referencia de un joven entre 14 y 16 años sonellas y ser el capo", explica. "La vida de un chico en un barriode Caracas es muy corta porque se meten en muchos problemas. Después, por losllamados ajustes de cuentas, son ajusticiados", detalla.

Se escuchaban tiros ytenía miedo

El medio que utilizó durante años el padre Guillermopara sacar de la calle a los másjóvenes fue la educación, especialmente, de la mano de laFundación CiudadEsperanza. Queimparte cursos de formación profesional para alejara los chicos de la violencia.

[Sufundador fue el padre Antonio María Zubía, que vivió en Catia, Caracas, desde1989, junto con dos familias misioneras enviadas por el Papa Juan Pablo II.El resultado de esta labor se ve reflejada en cifras. La zona ha reducidoel número de muertes violentas. Ha pasado de 56 en 1996 a una media de tresdesde el año 2001].

"Intentábamos enseñarles un oficio, para que el chavaltuviese una esperanza en la vida, y viera quelo más importante no era estar en una banda, sino tener unosvalores que le ayudasen a vivir bien", comenta el sacerdote español.

El propio Guillermo se encargaba de acercarse a ellos al pasearpor las calles. "Podía pasar en circunstancias muy dispares.Me encontraba a un grupo dechavales y me paraba a hablar con ellos. Algunos se interesaban",señala. Pero, a pesar de ello, no era una tarea sencilla convencerles de que laeducación podía ser una puerta hacia la tranquilidad.

"Era muy complicado porque del mundo de las drogas y de ladelincuencia no es fácil salir. Cuando una persona está muy metida, en segúnqué contextos, y más esos, es muy duro porque después la ley del barrio seimpone", cuenta. "Sisalen de una banda, en ese contexto, tienen, como quien dice, los días contados.Temen si dices algo, con quien vas a hablar, con quién no lo vas a hacer. Esmuy difícil salir", recuerda.

Además, vivir allí no era nada sencillo. "Chocaba un poco esaforma de vida. Al principio no es fácil. Se escuchaban a menudo tiros.Soy también de carne y hueso, ytambién me daban miedo esas cosas", comenta. "La mentalidad deuna persona en ese contexto no tiene sentido, si se me permite la expresión.Hay que entrar en el modo en el que piensan ellos", reconoce el sacerdote.

Para Guillermo, su mejor arma era la escucha. "La pastoralque yo tenía era lo que el Papa Francisco llama la de 'la oreja', es decir,escuchar a la gente porque esta te explica y te dice", comenta. "Elbarrio no podía permitirse muertos. Tuvimos el caso de un chaval, Mario, con 17años.Por robar unteléfono delante de la madre lo mataron con un tiro en la cabeza, las cosasallí eran así de crudas. Suena un poco a esa expresión de que la realidadsupera la ficción", explica.

Para atraerlos, Guillermo recurría a la situación personal de cadauno. "Creo que nadie es feliz haciendo el mal. Eso es una experiencia quehe visto siempre", cuenta. Este enfoque, además, es el que trasladaba alos seminaristas que tenía a su cargo. "Les decía a los chavales que nopensaranque por quererentrar en el seminario eran mejores que los que estaban en la calle, porqueno era así. La circunstancia los ha llevado a eso, pero ello no los hacepeores. La situación de cada uno no determina su bondad o maldad", señala.

Esta filosofía le llevó, incluso, a relacionarse con uno de loscapos, un vínculo que sirvió para evitar muchas desgracias. "Él me ayudó en el sentido de queno se tomaran represalias contra los chicos que decidían dejar ese mundo",dice. Fue en el funeral de su propio hijo, cuando Guillermo contactó con él."Se murió por un ajuste de cuentas", recuerda.

La fe puede cambiarvidas

"Eso mepermitía a mí cierta libertad para parar en momentos de guerra, porque,especialmente en este barrio, los números de muertos por la violencia son muyelevados", comenta. "Hay un dicho que dice que hay que aliarse aveces con el diablo para hacer el bien. No todo vale, pero sí que para estascircunstancias, donde primaba salvar vidas, me permitía el lujo de decirle queello no convenía, que lo que interesaba era la paz del barrio", relata.

"A veces me escuchaba y se podía contener. Otras, por otrosintereses, ahí ya no podía", añade sobre su trato con aquel capo. ParaGuillermo, la fe puede cambiarlo todo. "Jesucristo tiene el poder decambiar la vida de las personas porque lo he visto. Fui testigo de eso no solamenteen mi vida sino también allí en el barrio…tanta gente que vi en la parroquia, con una vidamasacraday que realmente pudieron dejar la delincuencia y la violencia",explica.

El sacerdote, además, solía ver luz allí donde otros solo veíanpobreza o miseria."No sirve de nada ayudar desde un punto de vistasocial si no ayudamos a la persona.Si se hace todo, lo demás también viene por añadidura",explica.

El barrio era un lugar donde la mano de Dios se podía ver."Era una zona muy necesitaba, ayudar a los demás y ver su sufrimiento entantas circunstancias difíciles…Era gratificante ver cómo en medio de todo ello veía que Diosacontecía muy humildemente. Se tenían pequeñas gratificaciones al ver cómola gente, con muy poco, lo agradecía", relata. Una experiencia, sin duda,difícil de aprender en cualquier aula.

"Ante el sufrimiento atroz, lo veía en los inocentes... loque me producía era ponerme de rodillas ante ellos", cuenta, y rememorauna historia que nunca borra de su cabeza, la de Valentina. "Era una niñade 7 u 8 años.Una semanala vi en misa y, al día siguiente, supe que se suicidó. Después me enteréde que era abusada por un familiar directo", relata. Guillermo, además,vio a la madre sufrir y perder la fe, y aquello le marcó a él también.

El sacerdoteGuillermoMaría Albertopertenece alCamino Neocatecumenalyes el párroco de Santa Teresa en Ceuta (España). Antes de llegar a la ciudadautónoma estuvo durante una década en Caracas (Venezuela).Donde llevó el Evangelio a algunasde las barriadas más castigadas por la delincuencia. María Valverde, enEl Faro de Ceuta,cuenta su historia.

"Allí actúan muchas bandas que se dedican a la delincuencia yal narcotráfico. Son los que gobiernan.Los puntos de referencia de un joven entre 14 y 16 años sonellas y ser el capo", explica. "La vida de un chico en un barriode Caracas es muy corta porque se meten en muchos problemas. Después, por losllamados ajustes de cuentas, son ajusticiados", detalla.

Se escuchaban tiros ytenía miedo

El medio que utilizó durante años el padre Guillermopara sacar de la calle a los másjóvenes fue la educación, especialmente, de la mano de laFundación CiudadEsperanza. Queimparte cursos de formación profesional para alejara los chicos de la violencia.

[Sufundador fue el padre Antonio María Zubía, que vivió en Catia, Caracas, desde1989, junto con dos familias misioneras enviadas por el Papa Juan Pablo II.El resultado de esta labor se ve reflejada en cifras. La zona ha reducidoel número de muertes violentas. Ha pasado de 56 en 1996 a una media de tresdesde el año 2001].

"Intentábamos enseñarles un oficio, para que el chavaltuviese una esperanza en la vida, y viera quelo más importante no era estar en una banda, sino tener unosvalores que le ayudasen a vivir bien", comenta el sacerdote español.

El propio Guillermo se encargaba de acercarse a ellos al pasearpor las calles. "Podía pasar en circunstancias muy dispares.Me encontraba a un grupo dechavales y me paraba a hablar con ellos. Algunos se interesaban",señala. Pero, a pesar de ello, no era una tarea sencilla convencerles de que laeducación podía ser una puerta hacia la tranquilidad.

"Era muy complicado porque del mundo de las drogas y de ladelincuencia no es fácil salir. Cuando una persona está muy metida, en segúnqué contextos, y más esos, es muy duro porque después la ley del barrio seimpone", cuenta. "Sisalen de una banda, en ese contexto, tienen, como quien dice, los días contados.Temen si dices algo, con quien vas a hablar, con quién no lo vas a hacer. Esmuy difícil salir", recuerda.

Además, vivir allí no era nada sencillo. "Chocaba un poco esaforma de vida. Al principio no es fácil. Se escuchaban a menudo tiros.Soy también de carne y hueso, ytambién me daban miedo esas cosas", comenta. "La mentalidad deuna persona en ese contexto no tiene sentido, si se me permite la expresión.Hay que entrar en el modo en el que piensan ellos", reconoce el sacerdote.

Para Guillermo, su mejor arma era la escucha. "La pastoralque yo tenía era lo que el Papa Francisco llama la de 'la oreja', es decir,escuchar a la gente porque esta te explica y te dice", comenta. "Elbarrio no podía permitirse muertos. Tuvimos el caso de un chaval, Mario, con 17años.Por robar unteléfono delante de la madre lo mataron con un tiro en la cabeza, las cosasallí eran así de crudas. Suena un poco a esa expresión de que la realidadsupera la ficción", explica.

Para atraerlos, Guillermo recurría a la situación personal de cadauno. "Creo que nadie es feliz haciendo el mal. Eso es una experiencia quehe visto siempre", cuenta. Este enfoque, además, es el que trasladaba alos seminaristas que tenía a su cargo. "Les decía a los chavales que no pensaranque por querer entrar en elseminario eran mejores que los que estaban en la calle, porque no era así.La circunstancia los ha llevado a eso, pero ello no los hace peores. Lasituación de cada uno no determina su bondad o maldad", señala.

Esta filosofía le llevó, incluso, a relacionarse con uno de loscapos, un vínculo que sirvió para evitar muchas desgracias. "Él me ayudó en el sentido de queno se tomaran represalias contra los chicos que decidían dejar ese mundo",dice. Fue en el funeral de su propio hijo, cuando Guillermo contactó con él."Se murió por un ajuste de cuentas", recuerda.

La fe puede cambiarvidas

"Eso mepermitía a mí cierta libertad para parar en momentos de guerra, porque,especialmente en este barrio, los números de muertos por la violencia son muyelevados", comenta. "Hay un dicho que dice que hay que aliarse aveces con el diablo para hacer el bien. No todo vale, pero sí que para estascircunstancias, donde primaba salvar vidas, me permitía el lujo de decirle queello no convenía, que lo que interesaba era la paz del barrio", relata.

"A veces me escuchaba y se podía contener. Otras, por otrosintereses, ahí ya no podía", añade sobre su trato con aquel capo. ParaGuillermo, la fe puede cambiarlo todo. "Jesucristo tiene el poder decambiar la vida de las personas porque lo he visto. Fui testigo de eso nosolamente en mi vida sino también allí en el barrio…tanta gente que vi en la parroquia, con una vidamasacraday que realmente pudieron dejar la delincuencia y la violencia",explica.

El sacerdote, además, solía ver luz allí donde otros solo veíanpobreza o miseria."No sirve de nada ayudar desde un punto de vistasocial si no ayudamos a la persona.Si se hace todo, lo demás también viene por añadidura",explica.

El barrio era un lugar donde la mano de Dios se podía ver."Era una zona muy necesitaba, ayudar a los demás y ver su sufrimiento entantas circunstancias difíciles…Era gratificante ver cómo en medio de todo ello veía que Diosacontecía muy humildemente. Se tenían pequeñas gratificaciones al ver cómola gente, con muy poco, lo agradecía", relata. Una experiencia, sin duda,difícil de aprender en cualquier aula.

"Ante el sufrimiento atroz, lo veía en los inocentes... loque me producía era ponerme de rodillas ante ellos", cuenta, y rememorauna historia que nunca borra de su cabeza, la de Valentina. "Era una niñade 7 u 8 años.Una semanala vi en misa y, al día siguiente, supe que se suicidó. Después me enteréde que era abusada por un familiar directo", relata. Guillermo, además,vio a la madre sufrir y perder la fe, y aquello le marcó a él también.

"La fe no esalgo mágico. Es un proceso", reflexiona. "La gente me decía quesiendo yo español cómo es que está aquí en este barrio. Les respondía que noestaba allí porque quisiera sino porque Dios lo quería", comenta elsacerdote.

Aunque, muchas veces, él mismo se preguntaba qué hacía allí."Estoy malgastando el tiempo, la vida… pero pensaba muchas veces que laspersonas me agradecían que estuviéramos presentes.No me sentía como un supermán o un gran héroe. Iba a ayudar aesa gente igual que lo estoy haciendo aquí", concluye.

Puedes escuchar aquí el testimonio del sacerdote Guillermo María.

Fuente: Religión en Libertad

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